En Sanidad hay un truco de magia que se repite cada semana: enseñar un acuerdo autonómico y pedir que se olvide el problema de fondo. Esta vez no cuela. La huelga médica indefinida del 28 de octubre sigue en pie, aunque Andalucía, Euskadi, Galicia, la Comunidad Valenciana, Asturias y La Rioja hayan firmado mejoras locales y aunque el propio Comité de Huelga se haya partido en dos registros paralelos.
Lo cuentan con detalle Gaceta Médica e iSanidad. El detonante no es un plus de guardia en una comunidad concreta: es el Proyecto de Ley de reforma del Estatuto Marco que salió del Consejo de Ministros y viaja por el Congreso. Para CESM, AMYTS, SMA, SME, O’MEGA y Metges de Catalunya, el texto del ministerio que dirige Mónica García trata al médico como una pieza más del personal estatutario generalista y niega lo que llevan meses pidiendo en voz alta: un estatuto propio y un ámbito de negociación específico.
La fecha no es un rumor de pasillo. Los sindicatos la fijaron a las 00:00 del 28 de octubre, paro indefinido e ininterrumpido de ámbito nacional. Y aquí llega el matiz que confunde a quien solo lee titulares: los pactos autonómicos mejoran cosas reales —jornada de 35 horas de lunes a viernes en la Comunidad Valenciana, voluntariedad de continuidades en Andalucía, equiparación de la hora de guardia en Euskadi, PNL gallega para un estatuto autonómico del médico, topes de pacientes en Asturias— pero no pueden reescribir la ley básica del Estado. Las propias centrales firmantes lo repiten como un mantra: son conflictos independientes.
Mientras tanto, la trastienda sindical se ha puesto fea. CESM, SMA y SME mantienen una convocatoria; AMYTS, Metges y O’MEGA, agrupados en la plataforma nacional UMyF, aparecen en otra. Víctor Pedrera (CESM) dice que no les expulsaron y que ellos eligieron convocatoria propia al ganar ámbito estatal. Ángela Hernández (AMYTS) responde que se enteró por la prensa, que nadie les comunicó la salida y que pedían incluir las siglas de UMyF en un comité único. Cruces de versiones, WhatsApp en silencio y malas caras. Lo relevante para el paciente y para la plantilla es otra frase, repetida por ambos bandos: la huelga no se cae.
Si se mira desde la izquierda social, el mapa es bastante claro. Hay sobrecarga en Primaria, guardias de 24 horas que convierten el descanso en ficción, plantillas agujereadas y listas de espera que ya no se maquillan con un PowerPoint. Cuando seis consejerías firman parches y el ministerio insiste en un marco que diluye la especificidad médica, el mensaje a la calle es que la sanidad pública se sostiene a base de agotar a quien la sostiene. Un estatuto propio no es capricho corporativo: es la vía para negociar tiempo de trabajo, guardias, clasificación y jubilación sin que la mesa generalista convierta al facultativo en moneda de cambio.
Hay diferencias tácticas que conviene no esconder. CESM apuesta por devolver el texto entero al ministerio vía enmiendas a la totalidad. UMyF se muestra más flexible a enmiendas parciales y diálogo territorial. Eso no convierte el conflicto en teatro: convierte la cuenta atrás en una prueba de si el Gobierno prefiere quemar el otoño sanitario o abrir de verdad una negociación que no sea un monólogo del BOE.
El 28-O no es un aviso romántico. Es el momento en que la pelea deja de ser de mesa técnica y se mide en quirófanos, consultas y demoras. Quien hoy celebre un acuerdo autonómico como si hubiera cerrado la herida debería leer la letra pequeña de los propios sindicatos: el parche local no tumba la norma estatal. Y mientras esa norma ignore formación, responsabilidad y penosidad del trabajo médico, la huelga indefinida no es ruido: es el único reloj que todavía funciona en el pasillo del hospital.
