Este verano, una persona joven volverá a comprar un billete de tren o de autobús por bastante menos de lo que le costaría en condiciones normales. No es un milagro ni un golpe de suerte: es una decisión política. Se llama Verano Joven, va por su cuarta edición y el Congreso acaba de convalidarlo para que vuelva a funcionar este año. El ministro Óscar Puente incluso plantea hacerlo permanente. Convendría tomárselo en serio, porque detrás de un descuento que parece menor hay una lección que la izquierda lleva años intentando explicar.

La política que se nota en el bolsillo

La lección es sencilla y, a la vez, incómoda para quienes viven de repetir que el Estado nunca arregla nada: cuando la política quiere, baja precios y abre puertas. Un abono barato para moverse en tren o en autobús no es asistencialismo ni paguita. Es la diferencia entre que una chavala de un pueblo pueda plantarse en la ciudad a hacer una entrevista de trabajo, ver a quien quiera o sencillamente conocer su propio país, y que no pueda. Es movilidad real para quien no tiene coche, ni gasolina pagada por los padres, ni un sueldo que aguante una tarifa completa.

Y ahí está lo bonito del asunto: el Verano Joven no se discute en abstracto. Se nota en la cuenta corriente el mismo día. Por eso irrita tanto a cierta derecha. De hecho, Vox votó en contra de estos descuentos, no se sabe muy bien en nombre de qué principio superior, salvo el de fastidiar cualquier cosa que lleve la etiqueta de público y que beneficie a quien no le vota.

Ahora bien: el tren tiene que llegar

Dicho esto, seamos honestos, que para eso estamos en la izquierda y no en un mitin. El Verano Joven se ha aprobado este año entre críticas por los fallos en los trenes, y con razón. De poco sirve un billete regalado si el convoy llega tarde, se queda parado en mitad de la nada o directamente no hay plazas suficientes para todo el mundo. Un descuento sobre un servicio que falla es una promesa a medias. Quien defienda lo público de verdad no puede mirar para otro lado cuando lo público funciona mal: tiene que exigir que funcione, precisamente porque cree en ello.

Aquí no vale el discurso facilón de «ya os hemos bajado el precio, conformaos». La gente joven no quiere conformarse. Quiere un tren barato y que además llegue a su hora. Las dos cosas. Y tiene todo el derecho del mundo a pedirlas.

La trampa: descuento sí, trenes no

Y aquí llega la parte que de verdad retrata a cada cual. Porque el mismo Congreso que es capaz de aprobar un descuento para la juventud es el que, cuando toca poner dinero encima de la mesa para que haya más y mejores trenes, se echa atrás. PP, Vox y Junts tumbaron el decreto que permitía a Renfe ampliar su margen de deuda en 671 millones de euros para comprar trenes nuevos. Léelo otra vez: para comprar trenes. Para que haya material, plazas, frecuencias. Para que el servicio que todos critican deje de tener motivos para ser criticado.

No voy a llamar a eso ningún nombre feo, porque votar en contra de un decreto es perfectamente legal y forma parte del juego parlamentario. Pero sí voy a llamarlo por lo que es desde el punto de vista de las consecuencias: una contradicción que pagan los usuarios. No puedes pasarte la mañana denunciando que los trenes van mal y la tarde votando en contra del margen para comprar trenes nuevos. O una cosa, o la otra. Las dos a la vez solo se sostienen si lo que te importa no es el tren, sino el titular.

Viajar también es un derecho material

Llevamos demasiados años escuchando que España no se puede permitir invertir en lo público, que hay que apretarse el cinturón, que la deuda es el demonio. Y resulta que la deuda es el demonio cuando sirve para comprar trenes, pero deja de serlo en otras partidas que aquí no toca enumerar. La austeridad nunca fue una ley de la física: fue siempre una decisión sobre a quién se cuida y a quién se deja tirado en el andén.

El Verano Joven no va a resolver la precariedad de una generación que cobra poco, alquila caro y ahorra imposible. Sería deshonesto venderlo así. Pero sí demuestra algo que merece la pena defender sin complejos: moverse, viajar, conocer, ir y volver no es un capricho de temporada. Es un derecho material, de los que se miden en euros y en kilómetros. Y un país que entiende eso baja el precio del billete y, a la vez, le da a su operadora pública el margen para comprar los trenes que hacen que ese billete valga de algo.

Lo segundo, de momento, se ha quedado a medias en el Congreso. Convertir el Verano Joven en algo permanente está muy bien. Pero que sea permanente de verdad exige trenes que lleguen. Lo uno sin lo otro es marketing. Y la juventud de este país ya ha tenido bastante marketing para toda una vida.