Hay palabras que nacen para dormir a la gente. Senda de déficit es una de ellas. Suena a trámite gris, a pelea de técnicos con calculadora y café frío. Pero detrás de ese nombre hay algo bastante menos aburrido: cuánto margen tiene el Estado para pagar políticas públicas, cuánto oxígeno llega a las comunidades y quién decide si el país entra en el próximo año con Presupuestos nuevos o con la prórroga como dieta institucional.
El Congreso ha vuelto a tumbar la senda fiscal del Gobierno con una alianza incómoda pero eficaz: PP, Vox y Junts. La derecha lo vende como control parlamentario; Junts lo usa como palanca de negociación; el Ejecutivo intenta presentarlo como una zancadilla al bienestar. Las tres cosas pueden ser parcialmente ciertas. Lo que no conviene perder de vista es que, cuando la política convierte el marco presupuestario en campo de minas, la factura no la pagan los escaños. La pagan servicios que llegan tarde, convocatorias que se retrasan y comunidades que hacen números con menos suelo bajo los pies.
La propuesta del Gobierno fijaba para 2027 un déficit del 1,8% del PIB para el conjunto de las administraciones y venía acompañada de un techo de gasto de 226.032 millones, presentado por La Moncloa como el mayor de la serie. Hacienda defendía además que el margen autonómico podía suponer miles de millones adicionales para comunidades y ayuntamientos en tres años. Es legítimo discutir si el reparto es el mejor, si el Estado se reserva demasiado o si el Ejecutivo está calculando con más optimismo político que prudencia fiscal. Lo que resulta menos legítimo es fingir que todo esto no tiene consecuencias concretas.
Porque la izquierda haría mal en refugiarse solo en el mantra de que todo bloqueo es antisocial. Gobernar también exige negociar de verdad, no llevar al Parlamento la misma partitura esperando que los demás aplaudan por cansancio. Si Junts no está, si el PP tiene incentivos para no moverse y si Vox vota desde la demolición, el Gobierno no puede limitarse a señalar culpables. Tiene que construir una mayoría o admitir que no la tiene. Las políticas públicas se defienden con votos, no con comunicados indignados.
Pero la derecha también debería dejar de vender cada no como una heroicidad democrática limpia de costes. Tumbar la senda no es apagar una luz en el despacho de Hacienda: es complicar la planificación de becas, dependencia, inversión territorial, vivienda, sanidad o transporte. Luego llegan los mismos partidos al territorio y piden más dinero, más médicos, más trenes, más ayudas y menos listas de espera. La magia fiscal es siempre la misma: exigir gasto cerca de casa y disciplina cuando la firma corresponde al Gobierno central.
La clave está en decir la verdad completa. Sí, el Ejecutivo está débil y ha perdido músculo parlamentario. Sí, el bloqueo presupuestario retrata una legislatura exhausta. Pero también sí: quienes celebran el atasco deberían explicar qué alternativa concreta ofrecen para financiar lo que prometen. Menos épica de botón rojo y más hoja de ruta. Porque si el resultado de la batalla es otro año de cuentas viejas, el titular no será solo que Sánchez encaja una derrota. Será que el país vuelve a vivir con el bolsillo público en modo remiendo.
La política decente no consiste en aprobar cualquier senda porque la invoque el Gobierno. Consiste en discutirla, corregirla y votar sabiendo a quién se deja sin margen cuando todo queda bloqueado. Lo contrario es muy cómodo: cada grupo vuelve a casa con su relato intacto y la ciudadanía se queda con el recibo.
Por eso esta pelea no debería resolverse con un concurso de frases duras. Si el Gobierno quiere Presupuestos sociales, que abra la negociación con números claros y cesiones reales. Si la oposición quiere fiscalizar, que diga qué recorta, qué mantiene y qué financiación acepta para los territorios que gobierna. Lo demás es teatro de verano con consecuencias de invierno: aulas, centros de salud, vivienda pública, transporte y dependencia esperando a que alguien deje de jugar al bloqueo perfecto.
