La política española empieza septiembre como terminó agosto: con demasiada gente confundiendo firmeza con teatro. Un día toca convertir las lenguas cooficiales en una rareza incómoda. Al siguiente, rebajar a una ministra con un insulto de barra brava. Y de fondo, Ceuta, donde cada partido intenta colocar su pancarta antes de explicar qué se hace con las personas que ya están allí.
La izquierda debería aprender algo de esta semana: no basta con tener razón moral si luego se comunica como un expediente. Cuando el Gobierno dice que no aceptará nuevas lenguas oficiales en la UE si antes no avanzan catalán, euskera y gallego, está defendiendo una idea justa. Pero debe explicarla como lo que es: un derecho de ciudadanía, no una moneda de cambio. Las lenguas no son cromos de investidura. Son vida cotidiana, escuela, administración, cultura y pertenencia.
Que Europa reconozca esas lenguas no rompe nada. Lo que rompe es tratar a millones de hablantes como si pidieran un capricho identitario. La Unión Europea presume de diversidad, pero a menudo la celebra mejor en los folletos que en los reglamentos. Si la ampliación traerá nuevas lenguas, España tiene derecho a preguntar por qué las suyas siguen esperando en el pasillo.
Ahora bien, la misma izquierda que exige respeto para sus lenguas debe exigir respeto para las personas en la discusión pública. Lo de Vicent Mompó contra Diana Morant no es un exceso simpático ni un calentón sin importancia. Es la vieja costumbre de contestar a una mujer con desprecio personal cuando no gusta lo que dice. Morant acusó al presidente de la Diputación de València de conocer medidas preventivas durante la DANA y no trasladarlas al conjunto de la ciudadanía. Esa acusación se contesta con documentos, horarios, decisiones y responsabilidad. No con una humillación.
El insulto machista no aparece por casualidad. Aparece porque durante años se ha entrenado a una parte de la política para creer que todo vale si arranca aplausos a los tuyos. Luego llegan las lágrimas por la polarización, pero nadie quiere apagar la máquina cuando la máquina beneficia a su bando.
También Ceuta enseña esa trampa. La crisis exige hablar de frontera, Marruecos, acogida, seguridad, menores, competencias, Europa y derechos humanos. En cambio, demasiados titulares se reducen a quién es más patriota, quién grita más a Rabat o quién acusa mejor al Gobierno. Incluso Trump se ha permitido entrar en el asunto acusando a España de no controlar su frontera. Que el espectáculo estadounidense venga a dar lecciones de serenidad institucional debería dar vergüenza ajena.
La izquierda tiene una responsabilidad especial porque dice defender a quienes suelen quedarse fuera del foco: hablantes minorizados, mujeres insultadas, migrantes atrapados, trabajadores públicos saturados, ciudades frontera abandonadas hasta que sirven para una foto. Si abandona esa coherencia, deja el terreno libre a quienes venden orden sin derechos y patria sin cuidado.
El país no necesita una izquierda más tecnócrata. Necesita una izquierda que hable claro: sí a la oficialidad europea de nuestras lenguas, sí a exigir responsabilidades por la DANA, sí a una política migratoria humana y ordenada, sí a cortar el machismo institucional aunque venga disfrazado de bronca tuitera. La democracia empieza por lo básico: poder hablar tu lengua, poder criticar al poder y poder hacerlo sin que te conviertan en objeto de escarnio.
Lo demás es ruido. Y el ruido, aunque dé clics, no gobierna.
La derecha suele acusar a la izquierda de vivir de símbolos. A veces acierta cuando la izquierda se queda en la consigna. Pero los símbolos también ordenan la vida material. Que una lengua sea oficial cambia la forma de estudiar, trabajar, reclamar, acudir a una administración o sentirse parte de un proyecto común. Por eso importa que la defensa de catalán, euskera y gallego no se esconda detrás de frases de despacho.
Lo mismo ocurre con el respeto político. No es una cuestión de buenos modales para tertulia. Si las mujeres que ocupan poder reciben un trato distinto cuando incomodan, otras mujeres aprenden el precio de hablar. Si a los migrantes se les reduce a amenaza, otras personas aprenden que sus derechos dependen del clima electoral. Si las ciudades frontera solo aparecen cuando sirven para atacar al rival, sus vecinos aprenden que Madrid llega tarde y se va pronto.
