Setenta y cuatro días después, el presidente lo ha dicho en el Palacio Real. Pedro Sánchez admitió este lunes, en la recepción del 12-O, que buques de guerra marroquíes entraron en aguas de Ceuta los días 30 y 31 de julio, justo cuando la ciudad autónoma vivía la entrada masiva de más de 80.000 migrantes. Lo enmarca como «hecho puntual». La oposición lo lee como otra cosa: una crisis de soberanía minimizada hasta que la visita de los Reyes obligó a sacar la carpeta.

Según la información que adelantó El País y que el jefe del Ejecutivo da por buena, una fragata y varias patrulleras de la Marina marroquí operaron en aguas ceutíes sin previo aviso. Sánchez habla de «días muy intensos y muy difíciles», de interlocución «muy fluida» entre las armadas de ambos países y de que, afortunadamente, no se ha repetido. No explica el motivo de la incursión. No vincula de forma explícita los barcos con la avalancha migratoria, aunque reconoce la coincidencia temporal. Entre vecinos, dice, pasan estas cosas.

Ese es el núcleo político del episodio: no solo qué ocurrió en julio, sino qué se contó —y qué no— al Congreso y a la opinión pública mientras se pedía calma en Ceuta. El presidente había defendido la integridad territorial y la gestión de la crisis; el detalle naval ha aflorado ahora, en corrillo de recepción, con los monarcas a punto de pisar la ciudad.

Precisamente hoy, 13 de octubre, Felipe VI y Letizia inician en Ceuta una visita oficial —Melilla, el miércoles— que es la primera de su reinado a las ciudades autónomas y la primera de la Casa Real desde 2007. Sánchez la presenta como prueba de que la normalidad «regresa progresivamente». Preguntado por una posible reacción de Rabat —en 2007 Marruecos llamó a consultas a su embajador—, responde con contundencia: los Reyes visitan «ciudades españolas».

Desde el otro lado del espectro, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, ha apretado donde más duele al relato oficial. Cuestiona que 80.000 personas y buques de guerra pudieran moverse sin conocimiento y consentimiento de las autoridades marroquíes, y sostiene que la presencia militar reviste, si cabe, más gravedad que la entrada migratoria. Su frase más afilada no va de geografía: va de opacidad —quiere saber, si hay cambio de Gobierno, «qué sabe Marruecos de Sánchez».

El presidente, en cambio, reafirma la relación estratégica con el reino alauí: comercio, antiterrorismo, lucha contra mafias y tráfico de personas, diáspora. Todo cierto en la cartografía de intereses. Todo insuficiente si lo que se discute es si España diluyó un incidente naval para no tensar la mesa con Rabat en plena precampaña del 29-N.

Lo que queda sobre la mesa no es un debate de banderas en abstracto. Es más prosaico y más grave: quién controla el relato de frontera, cuánto tarda Moncloa en admitir un hecho de seguridad y qué precio político tiene llamar «puntual» a una coincidencia de fragatas y decenas de miles de llegadas. Los Reyes llegan a Ceuta. La pregunta de soberanía no se va con el séquito.