Pedro Sánchez ha vuelto a Argelia con una visita corta, muy medida y cargada de mensaje. La agenda oficial de Moncloa sitúa al presidente en Argel este 20 de julio: ceremonia de bienvenida, encuentro con el primer ministro argelino, homenaje en el Monumento Memorial de los Mártires, recepción con honores por Abdelmadjid Tebboune, reunión bilateral y declaración institucional conjunta. No es turismo diplomático. Es una foto pensada para decir que la crisis con Argelia se da por cerrada.
La crisis venía de lejos: el giro español sobre el Sáhara Occidental, cuando el Gobierno respaldó el plan de autonomía marroquí como base para resolver el conflicto, enfrió una relación que España no puede tratar como si fuera secundaria. Argelia no es solo un vecino del sur. Es un proveedor energético clave, un actor regional duro y un socio con el que conviene hablar aunque la conversación incomode.
La política exterior también se paga en la factura del gas
Según la información de Europa Press recogida por Notimérica, el viaje busca abrir una nueva etapa tras el desencuentro por el Sáhara y empujar la relación energética y económica. El Gobierno quiere aumentar las importaciones de gas desde Argelia, tanto por el gasoducto Medgaz como por gas natural licuado. Dicho sin barniz: la diplomacia suena mejor cuando detrás hay suministro, contratos y empresas esperando licitaciones.
Desde una lectura liberal-conservadora, la visita deja una enseñanza obvia: un país serio no puede improvisar su política exterior a golpe de gesto ideológico y luego sorprenderse cuando los vecinos pasan factura. España mantiene su posición sobre el Sáhara, según Moncloa, pero necesita reconstruir puentes con Argelia. Eso no es contradicción necesariamente; es realismo. Lo que sí resulta discutible es vender como gran victoria lo que en parte consiste en reparar un incendio político que nunca debió gestionarse con tanta ligereza.
El Mediterráneo no entiende de eslóganes
El Gobierno también mira a las empresas españolas. Europa Press apunta a licitaciones en infraestructuras, agua y energías renovables, y a la voluntad de aumentar exportaciones para compensar un déficit comercial marcado por las compras de gas. Aquí hay menos épica y más calculadora: si España compra mucho gas y vende poco, la relación queda desequilibrada. Y si además el vínculo político se enfría, las empresas se quedan mirando desde la barrera.
La visita llega, además, con una coreografía apretada: Sánchez aterriza desde Nueva York tras asistir a la final del Mundial y debe regresar para recibir a la selección en Moncloa. La imagen es potente, pero también revela la política actual en versión acelerada: una mañana para recomponer una crisis diplomática, una tarde para capitalizar una victoria deportiva. Todo cabe en la agenda si la cámara acompaña.
Ni humillación ni triunfalismo
Sería injusto presentar el viaje como una rendición española. Los países hablan, negocian y rehacen relaciones porque sus intereses sobreviven a las broncas. Pero también sería ingenuo comprar el relato de que todo vuelve a la normalidad por arte de una foto. Argelia y Marruecos seguirán siendo dos piezas delicadas para España; el Sáhara seguirá siendo una herida diplomática; y el gas seguirá recordando que la autonomía estratégica no se proclama, se construye.
La buena noticia es que España vuelve a sentarse en una mesa donde tenía demasiado que perder. La mala es que esa mesa demuestra hasta qué punto dependemos de equilibrios exteriores frágiles. Menos aplauso automático y más política de Estado: esa debería ser la conclusión adulta de Argel.
