Había quien soñaba con una foto grande: Rufián, Colau y una izquierda alternativa envuelta en la misma lista. Este domingo, Esquerra ha preferido la foto pequeña. Gabriel Rufián volverá a encabezar la candidatura de ERC al Congreso el 29 de noviembre. Y, con ese movimiento, cierra la puerta a liderar el Frente Amplio en Barcelona junto a Ada Colau.
No es un detalle de organigrama. Es una declaración de método. ERC elige marca propia en el Congreso, donde su portavoz es un activo reconocible, y deja el experimento unitario para otra mesa. La Ejecutiva nacional tiene previsto ratificar la designación este domingo; el 20 de octubre deben quedar cerradas las listas y el reloj electoral no perdona: el plazo de presentación termina el 26 de octubre.
La lectura de izquierdas es clara. En un ciclo de fragmentación, la tentación de fundirlo todo en una sola papeleta es enorme. Pero Esquerra no quiere disolverse en un invento que no controla. Quiere escaños propios, voz propia y capacidad de sentarse a negociar sin pedir permiso a nadie. Fuentes republicanas citadas por The Objective no descartan acuerdos después de las urnas —Podemos incluso ha sondeado no presentarse en algunas demarcaciones para no restar— pero eso es otra película: primero la lista, luego el reparto.
El partido pone números sobre la mesa. Aspira a asegurar al menos ocho o nueve escaños y a mantener lo que llama «política útil»: tender puentes con gobiernos del PSOE sin renunciar a su espacio. Y recuerda un dato que duele a quienes retratan a Rufián como «el mejor diputado del PSOE»: en generales cosechó 466.020 votos, por encima de los cerca de 427.000 de Pere Aragonès en las catalanas del 12-M de 2024. El mensaje interno es simple: en Madrid, la marca Rufián tira.
Eso no borra las tensiones de base. Hay militancia que le acusa de suavizar el independentismo para tapar el camino a PP y Vox. Hay dirección que le ve como el perfil capaz de pescar voto del PSC y de los comuns. Junqueras, de vuelta a la presidencia del partido y a la espera de amnistía, hace gira territorial. ERC abre incluso debates incómodos —inmigración incluida— para no regalar terreno a Aliança Catalana. Nada de esto es armonía de coro; es un partido que se reordena en campaña corta.
Mientras tanto, el Senado va por otro carril. ERC ya ha acordado repetir coalición con EH Bildu en la Cámara Alta. No es lo mismo que fundirse con Colau en Barcelona: es una alianza nacionalista/plurinacional con objetivo de bloque. En paralelo, el PSOE mueve fichas con Sumar y el Frente Amplio para listas conjuntas al Senado y evitar que PP y Vox rozquen los tres quintos que abren la renovación del Tribunal Constitucional. Ahí se ve el mapa real: no hay un solo «frente», hay varias mesas jugando a no regalar mayorías cualificadas.
Para la izquierda estatal, el no de Rufián al liderazgo del Frente Amplio en la capital catalana es un jarro de agua fría simbólico. Colau pedía un rostro con tracción. Esquerra responde que su tracción se queda en casa. Se puede criticar el cálculo. También se puede entender: en un 29-N de polarización dura, diluir la marca propia es un lujo que pocos partidos se permiten.
Lo que queda, de aquí al 26 de octubre, es prosaica y decisiva: nombres, puestos, circunscripciones y la pregunta de siempre en la izquierda catalana. ¿Se gana más sumando logos… o defendiendo el propio hasta el final y pactando después? ERC, hoy, ha elegido lo segundo.
