La frase de Mariano Rajoy sobre la selección francesa ha dejado de ser una boutade de columna para convertirse en un problema político con acento diplomático. El expresidente escribió que Francia tiene “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”, y el Gobierno francés no lo ha dejado pasar como chascarrillo de bar: varios miembros del Ejecutivo de Emmanuel Macron lo han tachado de inaceptable y el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha pedido a Alberto Núñez Feijóo que desautorice a Rajoy.

La política española está acostumbrada a envolver casi todo en la espuma partidista. Pero aquí hay algo más simple y más feo: cuando se cuestiona la francesidad de futbolistas nacidos o formados en Francia por su origen familiar o por el color de su piel, el mensaje que llega fuera es cristalino. No es una discusión táctica sobre el PP, el PSOE o Podemos. Es una idea vieja con traje nuevo: tú puedes llevar la camiseta, ganar partidos y cantar el himno, pero alguien seguirá decidiendo si eres “de verdad”.

Francia responde, España se incomoda

Europa Press recoge que Albares calificó las palabras de “absolutamente inaceptables” y sostuvo que nada que pueda encubrir racismo o xenofobia representa a España. También pidió al líder del PP que desautorice al expresidente de su partido y reclamó al medio que publicó la columna que rectifique.

Desde París, la reacción fue todavía más dura. El ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, dijo en BFMTV que “Francia no tiene color de piel” y atribuyó ese tipo de afirmaciones a “la estupidez, el racismo o una combinación de ambos”. Según la misma información de Europa Press, la Embajada de Francia en España recordó además que 23 de los 26 jugadores de la selección francesa nacieron en Francia.

Ese dato importa porque desmonta el truco retórico. No estamos ante una plantilla extranjera disfrazada de selección nacional. Estamos ante una Francia real, diversa, hija de su historia colonial, migratoria y social. Puede gustar más o menos al comentarista de turno, pero existe. Y cuando gana, también representa al país.

El PP no puede tratarlo como ruido menor

Feijóo tiene aquí una decisión incómoda. Puede hacer como si la frase fuera una exageración sin consecuencias, dejar que se consuma en el ciclo de redes y esperar al siguiente incendio. O puede marcar una línea sencilla: el patriotismo democrático no consiste en revisar el árbol genealógico de los jugadores para decidir si cuentan como nacionales.

La derecha española suele denunciar, con razón, que la izquierda convierte cualquier desliz en un juicio moral completo. Pero esa defensa pierde fuerza cuando no se atreve a corregir lo evidente. No hace falta compartir el marco de Podemos, que ha llegado a hablar de posible delito de odio, para reconocer que el comentario de Rajoy fue una irresponsabilidad. Y más viniendo de alguien que presidió el Gobierno.

La frontera entre broma y señal política

Las palabras de un expresidente no pesan igual que las de un tertuliano anónimo. Rajoy no decide ya la política exterior española, pero su firma sigue teniendo valor simbólico. Por eso la reacción francesa ha escalado: no se trata solo de fútbol, sino de qué entiende una figura institucional española por pertenencia nacional.

La lectura progresista es clara: el país que se dice moderno no puede seguir tolerando bromas que dejan fuera a quienes son plenamente ciudadanos. La selección francesa, como la española, como cualquier sociedad europea del siglo XXI, no cabe en una postal monocroma. La pregunta es si la política va a asumirlo o si seguirá usando la identidad como una puerta giratoria: abierta cuando se gana, cerrada cuando alguien quiere señalar al diferente.

Lo mínimo exigible no es una ceremonia de penitencia. Es algo más básico: admitir que la frase estuvo mal, no convertir el racismo en travesura literaria y dejar de medir la nacionalidad por el apellido, la piel o la procedencia familiar. Francia se ha dado por aludida. España debería darse por avisada.