El PSOE ha descubierto de golpe una palabra que en educación suena siempre bien y casi nunca se paga: pacto de Estado. La portavoz de la Ejecutiva Federal, Montse Mínguez, lo ha planteado tras unos resultados PISA que ella misma ha calificado de «lamentables». Hasta ahí, impecable. El problema es la hemeroteca.
En 2018, cuando el Congreso trabajaba en un acuerdo educativo con meses de reuniones y decenas de comparecencias, el PSOE se levantó de la mesa. Alegó financiación. Después llegaron la moción de censura, el cambio de Gobierno y una nueva ley educativa aprobada con otra mayoría. Ocho años más tarde, con lectura, matemáticas y ciencias bajo presión, los socialistas vuelven a llamar a la puerta del consenso.
Cuando el consenso aparece después del suspenso
La educación española tiene demasiados males para resolverlos con una frase de sábado: comprensión lectora débil, diferencias territoriales, currículos que cambian con cada ciclo político y una relación enfermiza entre escuela e ideología. Por eso un pacto serio sería una buena noticia. Pero para que sea serio debe empezar por admitir responsabilidades, no por repartirlas como si nadie hubiera conducido el coche.
Mínguez ha apuntado a que muchas competencias están en manos de las comunidades autónomas. Es verdad. También lo es que las comunidades aplican el marco estatal y que la Lomloe salió del Gobierno de Sánchez. Si el mensaje es “pactemos, pero la culpa ya veremos de quién es”, el pacto nace cojo.
El PP tampoco puede vivir solo del “ya lo dijimos”
La derecha tiene aquí una oportunidad y una trampa. Puede recordar que el PSOE rompió aquel intento de pacto y exigir que ahora no se use el consenso como cortina de humo. Pero si se queda solo en el reproche, regalará al Gobierno el papel de adulto responsable. La pregunta útil no es quién gana el corte de vídeo: es qué se blinda para que un alumno no dependa del calendario electoral.
Un pacto mínimamente creíble tendría que fijar evaluación común, lectura como prioridad real, estabilidad normativa, apoyo a profesores y datos comparables entre territorios. Y tendría que explicar qué se cambia mañana en el aula, no dentro de tres legislaturas. La escuela no necesita otro documento solemne para una foto; necesita reglas que sobrevivan al ministro de turno.
El fracaso educativo no es de un solo partido, pero algunos han mandado más
RTVE recogía también la petición de CSIF de un pacto de Estado tras hablar de una “debacle”. La palabra puede sonar dura, pero tiene una virtud: obliga a dejar de maquillar. España no puede responder a cada mal resultado con una guerra cultural nueva ni con una ley más para deshacer la anterior.
Desde la derecha, la lectura es incómoda para el Gobierno: pedir consenso después del golpe de PISA es legítimo, pero pedirlo sin memoria política parece oportunismo. Si el PSOE quiere pacto, que ponga encima de la mesa qué reconoce, qué rectifica y qué está dispuesto a no tocar aunque cambie la mayoría. Si no, no será un pacto de Estado. Será otro salvavidas retórico.
