Había un guion muy cómodo para la precampaña socialista: señalar al casero, al fondo y al «buitre». Funcionaba en el atril, en el decreto y en el tuit. Hasta que el atril se quedó sin portavoz. Montse Mínguez ha dimitido como portavoz del PSOE, renuncia a ser cabeza de lista por Lleida y deja el resto de cargos orgánicos tras las informaciones sobre la actividad inmobiliaria de su pareja, con una treintena de pisos en alquiler y varios procedimientos de desahucio atribuidos a esa empresa.
No es un matiz de agenda. Es el mismo partido que ha convertido la vivienda en moral pública el que se ve obligado a retirar a quien debía defender ese relato. Mínguez lo escribió sin rodeos: da «un paso atrás» porque, dice, la responsabilidad colectiva manda cuando «la ultraderecha llama a las puertas». El mensaje suena a sacrificio. El calendario suena a contención de daños a seis semanas del 29-N.
Sánchez intentó frenar la salida. Desde Bruselas, tras el Consejo Europeo, el presidente reconoció que se había mensajado con ella durante el debate, que «estaba rota» y que le pidió no renunciar a las listas. «La política a veces maltrata a buenas personas», dijo. También habló de dureza, agresividad y «líneas rojas». Es una lectura emotiva. La lectura electoral es más seca: el líder prefería mantener a su portavoz y ella prefirió salir para no arrastrar la campaña.
El boomerang del eslogan. Mínguez no era una figurante. Fue la voz socialista en el debate de los decretos de vivienda y cargó con dureza contra los fondos. Por eso el choque no es solo de imagen personal: es de coherencia. Cuando la oposición habla de hipocresía, no necesita inventar un marco nuevo. Le basta con poner juntos el discurso del atril y el inventario de la pareja. El PSOE puede discutir cifras, matices o la naturaleza de cada expediente. Lo que no puede hacer es fingir que el contraste no existe.
Según la reconstrucción publicada estos días, Mínguez ha intentado bajar la temperatura explicando tres casos de desahucio o rescisión. En uno, dice, hubo acuerdo antes del juzgado; en otro, se trataba de un local; el tercero quedaba pendiente. «No hay ninguna Maricarmen», insistió. Puede que el detalle procesal importe en un juzgado. En la calle política importa otra cosa: durante semanas el PSOE ha hablado de rentistas y buitres como si el problema habitara siempre en la acera de enfrente.
La sucesión no tapa el agujero. El partido reordena piezas: Rebeca Torró asume funciones de portavocía y hay movimientos en el Grupo Parlamentario y en la lista de Lleida. Eso es fontanería. El problema de fondo sigue abierto: si la vivienda es el gran relato de campaña, cada contradicción propia se multiplica. Y si el Gobierno quiere seguir pegando al «buitre», tendrá que hacerlo sin la portavoz que mejor encarnaba esa pelea.
En Ferraz pueden hablar de acoso a familias y de crueldad mediática. Tienen derecho a defender a los suyos. También tienen la obligación de mirar el espejo que ellos mismos colocaron en la plaza. Porque el electorado no distingue con lupa notarial entre fondo internacional, SOCIMI y cartera familiar de alquileres: distingue entre quien predica y quien practica. Y esta semana el PSOE ha aprendido, otra vez, que en vivienda el sermón se cobra caro.
El 29-N no se gana solo con decretos ni con eslóganes. Se gana, o se pierde, cuando el mensaje choca con la biografía del mensajero. Mínguez ha salido. El eslogan sigue en la cartelería. Veremos cuánto aguanta sin que alguien pregunte, en cada mitin, dónde quedó el buitre de casa.
