Hay encuestas que sientan mal y encuestas que, además, llegan en el peor momento posible. La que publicó infoLibre el pasado 21 de junio es de las segundas: los españoles colocan a sus jueces a la cola de Europa en independencia, y la razón que apuntan no es ningún enigma metafísico, sino algo de lo más mundano: la influencia de los políticos.

Merece la pena detenerse en el matiz, porque tiene su miga. El dato no viene envuelto en papel de regalo de la derecha mediática ni firmado por ningún gabinete con la rojigualda en el balcón. Lo airea un medio al que difícilmente se podrá acusar de militar en la derecha. Y, aun así, el veredicto de la calle es de los que no admiten apelación: la ciudadanía sospecha que, cuando un juez español dicta sentencia, hay un político mirando por encima del hombro.

Y entonces entró el coro

Lo lógico, ante una bofetada reputacional de este calibre, sería un silencio incómodo y algún gesto de contrición. Pero no: lo que se activa es el coro. Apenas dos días antes, el 19 de junio, Diario de Mallorca recogía a Josep Borrell zanjando la cuestión con una frase para enmarcar en el salón: «Los jueces en España no se dedican a la cacería política».

Respiren hondo. Todo bajo control. Si lo certifica Borrell —que de ingenuo tiene lo justo— será que aquí no pasa nada, que la toga es un templo inmaculado y que quien vea sombras es porque las lleva puestas. El problema es que la ciudadanía, esa que responde encuestas con una franqueza que ya quisieran los platós, parece opinar exactamente lo contrario.

Cuando alguien jura demasiado

Hay un viejo principio que cualquier lector con malicia conoce: cuando alguien se empeña en repetir que no hay nada que ver, lo primero que uno hace es mirar. La dama protesta demasiado, que diría el clásico. Y llevamos en España una temporada en la que medio establishment institucional parece haberse aprendido de memoria el mismo guion tranquilizador: la justicia no se toca, la justicia no se politiza, es independiente, y quien lo dude es poco menos que un enemigo de la democracia.

El detalle incómodo es que ese coro, por afinado que cante, no mueve una sola coma del veredicto popular. Se puede repetir mil veces que no hay cacería, pero si los ciudadanos colocan a sus jueces a la cola de Europa, el problema ya no es lo que digan los jueces: es lo que cree de ellos la gente a la que juzgan. Y la confianza, esa cosa tan frágil, no se decreta desde un atril.

El relato contra el termómetro

Aquí es donde el asunto se cruza con todo lo demás: corrupción, poder judicial y, sobre todo, relato. Porque vivimos tiempos en los que cada sentencia se lee en clave de bando, cada instrucción se celebra o se demoniza según a quién salpique, y cada togado se convierte, según el día, en héroe o en villano del telediario. En ese ambiente, salir a jurar que aquí nadie hace política con las togas no tranquiliza a nadie: confirma la sospecha.

Y seamos justos, porque la crítica de derechas seria no consiste en gritar que todos los jueces están comprados —eso sería tan falso como tramposo—, sino en señalar algo más fino: un sistema sano no necesita que sus próceres salgan cada semana a recordarnos que funciona. La independencia judicial, cuando es de verdad, no se proclama; se nota. No necesita coro. Se basta sola.

El problema no es el juez: es el coro

Que los españoles desconfíen de la independencia de su justicia es una pésima noticia para todos, gobierne quien gobierne. Una democracia en la que la gente da por hecho que el político mete la mano en la balanza está enferma por algún sitio, y eso no se cura negándolo con más vehemencia. Se cura con jueces a los que nadie pueda colgar el adjetivo «afín», con nombramientos que no parezcan repartos y con políticos capaces de resistir, por una vez, la tentación de opinar sobre quién debe sentarse en según qué tribunal.

Mientras tanto, nos queda la estampa: un país que suspende a su propia justicia en independencia y un coro de voces respetabilísimas asegurando, al unísono, que no hay absolutamente nada de qué preocuparse. Y ya saben lo que ocurre cuando todos entonan a la vez la misma canción tranquilizadora: que da por pensar que alguien ha repartido la partitura.

Fuentes y contexto