El Gobierno va a poner casi quinientos millones encima de la mesa para el campo. Agricultura ha comunicado que abonará 494,5 millones de euros en ayudas para la compra de fertilizantes a 249.376 agricultores. El ingreso está previsto para la primera semana de septiembre y afecta a quienes figuraban en la primera lista de beneficiarios publicada el 6 de julio y aceptaron la ayuda dentro de plazo.
El dato práctico es sencillo: 92,50 euros por hectárea de regadío y 38,33 euros por hectárea de secano. No arregla por sí solo la vida de una explotación, pero sí llega a una partida que se ha convertido en una losa para muchas fincas. El fertilizante no es una palabra bonita de nota ministerial; es coste directo, margen que se estrecha y, si la cadena no absorbe nada, precio que acaba llamando a la puerta del consumidor.
Agricultura encaja la medida dentro del Plan Integral de Respuesta a la Crisis de Oriente Medio y sostiene que el objetivo es evitar que el sobrecoste de fertilizar bien termine dañando la producción o encareciendo más los alimentos. Además, el ministerio habla de otros 9.362 beneficiarios pendientes de resolver dudas o trámites y de 1.290 renuncias. Es decir: la foto no está cerrada del todo.
Desde una lectura liberal-conservadora, la ayuda tiene una virtud y un riesgo. La virtud: si el Estado reconoce que una crisis exterior está golpeando un input básico, tiene sentido que el apoyo sea directo, medible y no se pierda en una sopa de anuncios. El riesgo: que la política agraria vuelva a quedarse en el titular del cheque, sin explicar después quién cobró, cuánto tardó, qué controles hubo y si el dinero evitó realmente cierres o solo compró unas semanas de oxígeno.
También hay una pregunta incómoda para todas las siglas: el campo no necesita solo parches de emergencia cuando sube el precio de algo. Necesita reglas estables, menos laberinto administrativo y una cadena alimentaria donde producir no sea jugar a la ruleta con costes que cambian más rápido que los precios de venta. Si cada crisis se responde con una convocatoria nueva, el agricultor termina haciendo de contable, gestor y superviviente antes que de agricultor.
La oposición tendrá fácil denunciar propaganda y el Gobierno tendrá fácil vender músculo presupuestario. Lo importante, sin embargo, empieza después del anuncio: que el dinero llegue cuando se promete, que las incidencias se resuelvan sin peregrinaje digital y que las ayudas no sirvan para tapar la conversación de fondo sobre márgenes, burocracia y dependencia exterior. En el campo, el aplauso se gana cuando el ingreso aparece en la cuenta, no cuando sale el comunicado.
