El problema de Alberto Núñez Feijóo ya no es una frase aislada. Es la sensación de que el PP ha entrado en una semana de volantazos: primero la llamada “ley de nietos”, después las bajas laborales y ahora el intento de convertir cada incendio verbal en un “debate valiente”. La oposición quería cerrar el curso hablando de la debilidad del Gobierno y de corrupción; ha terminado explicando qué quiso decir su líder cuando habló de absentismo, enfermedad y sospecha.
El último capítulo llegó en la clausura del congreso de Nuevas Generaciones. Feijóo respondió a las críticas por sus palabras sobre el absentismo laboral con un “me dan igual” y defendió que está en política para dar debates que considera incómodos. RTVE recuerda que días antes había sugerido que los trabajadores de baja deberían cobrar menos y había definido el absentismo como “un cáncer”. Después, el PP matizó que no hablaba de bajas médicas justificadas, sino de fraude.
Cuando el marco se come al mensaje
El fondo no es menor: España sí tiene un debate pendiente sobre bajas, atención primaria, mutuas, fraude y salud laboral. Pero el marco elegido por Feijóo es dinamita política. Si mezclas absentismo, enfermedad y recorte de sueldo en la misma frase, el titular no va a ser “reforma técnica”; va a ser “el PP mira al enfermo como coste”. Y eso, para un partido que aspira a ensanchar su mayoría social, no es precisamente una autopista.
La propia defensa popular revela el lío. Jorge Sémper subrayó que “una baja por enfermedad no es un capricho” y que no todo es fraude. Isabel Díaz Ayuso salió a respaldar a Feijóo, pero también acotó que no se hablaba de una persona con cáncer, una embarazada o una enfermedad sobrevenida. Es decir: la dirección intenta abrir un debate duro y, a la vez, poner vallas para que no parezca lo que muchos han entendido.
El País ha publicado que hay inquietud en sectores del PP por la acumulación de tropiezos y recoge la sensación de que el partido “va improvisando”. No es una sentencia judicial ni una encuesta; es una fotografía política. Y la fotografía dice que Génova está dejando que el PSOE respire en una semana en la que, sobre el papel, no debería haber tenido oxígeno.
El Gobierno no necesita magia si la oposición se enreda sola
La paradoja es evidente. Sánchez llega tocado por investigaciones, por desgaste parlamentario y por una mayoría cada vez más difícil. Pero la oposición le está regalando asuntos sociales donde la izquierda se siente cómoda: derechos laborales, inmigración, memoria democrática, aborto y ayudas a la maternidad. Feijóo puede creer que ahí está marcando perfil. Sus críticos internos temen justo lo contrario: que esté abriendo melones que no controla.
No hay que inventar una crisis orgánica para ver el riesgo. El PP sigue por delante en muchas encuestas y gobierna buena parte del poder territorial. Pero una cosa es ir primero y otra parecer preparado para gobernar cada vez que se enciende un micrófono. La política nacional no perdona la frase mal calibrada, y menos cuando el rival solo necesita repetirla hasta que tape todo lo demás.
El “me dan igual” puede sonar a autoridad ante los propios. También puede sonar a desconexión ante quien no milita en ningún partido y solo quiere saber si una baja médica seguirá siendo un derecho o pasará a ser una sospecha. Ahí está el nudo: Feijóo busca presentarse como adulto responsable frente al sanchismo, pero demasiadas veces acaba abriendo debates como si todavía estuviera probando el argumentario.
La derecha tiene margen para hablar de fraude, de productividad y de sostenibilidad del sistema. Lo que no tiene es margen infinito para convertir cada explicación en otro incendio. Si el PP quiere que la legislatura se juegue sobre Sánchez, necesita dejar de regalarle salidas de emergencia.
