Alberto Núñez Feijóo ha dicho en voz alta lo que el PP suele contar con más rodeos: si no consigue mayoría absoluta, tendrá que entenderse con Santiago Abascal. La frase, recogida por Europa Press a partir de una entrevista en The Objective, no es un simple apunte de tertulia. Es la foto anticipada del poder que viene si la derecha gana pero no arrasa: el PP podrá prometer centralidad, pero la llave puede volver a estar en Vox.

Feijóo lo envolvió en patriotismo. Aseguró que su primer mandamiento es España y que, por eso, debe entenderse con Abascal. También defendió que no hay “tres millones y medio de fascistas” en España, en referencia a los votantes de Vox en las últimas generales. El mensaje tiene dos destinatarios a la vez: tranquilizar al votante moderado que se incomoda con Vox y decirle al votante duro que el PP no se va a poner exquisito si necesita sus escaños.

La centralidad también pacta

La derecha española entra así en una fase menos pudorosa. Ya no se trata solo de pactos autonómicos o municipales, sino de admitir que un eventual Gobierno nacional del PP podría depender de un acuerdo con Vox. Feijóo insiste en que solo promoverá una moción de censura contra Pedro Sánchez si tiene los votos suficientes para ganarla. Eso suena prudente, pero también revela el límite: sin aliados, el ruido no tumba gobiernos.

Desde la izquierda, la lectura es evidente: el PP intenta vender alternancia tranquila mientras normaliza que Abascal sea socio necesario. Y aquí está la trampa política. Vox no regala apoyo gratis. Cuando exige endurecer inmigración, recortar políticas de igualdad o recentralizar competencias, no está haciendo teatro para redes: está marcando precio. Feijóo puede llamar a eso “entenderse”; sus adversarios lo llamarán dependencia.

Inmigración: el campo de pruebas

La entrevista deja además una pista clara sobre por dónde puede coserse ese entendimiento. Feijóo acusó a Sánchez de mantener una política migratoria contraria al derecho europeo y defendió una inmigración “ordenada” según las necesidades del país: quien venga a aportar, integrarse y cumplir la ley podrá convivir; quien llegue de forma irregular, no trabaje o delinca será expulsado, según sus palabras recogidas por Europa Press.

Ese marco se parece cada vez más al terreno donde Vox se siente cómodo, aunque el PP intente vestirlo con lenguaje de gestión. La diferencia no es menor: una cosa es ordenar la política migratoria y otra convertirla en el gran atajo emocional de todos los problemas. El riesgo de misframing es claro: de estas declaraciones no se puede concluir que haya un acuerdo cerrado PP-Vox, ni un programa de Gobierno pactado. Lo que sí hay es una admisión política: Feijóo ya prepara a su electorado para aceptar ese pacto si las urnas lo obligan.

Mientras tanto, el Congreso encara una semana con actividad reducida, según su agenda oficial, y el PP mantiene su maquinaria de candidatos municipales en marcha. La campaña larga ya ha empezado. La pregunta ya no es si PP y Vox pueden pactar. Eso quedó contestado hace tiempo. La pregunta es cuánto de Vox está dispuesto a tragarse Feijóo para llegar a La Moncloa, y cuánto podrá seguir llamando moderación a ese trago.