España lleva años atrapada en la misma escena. Alguien gana las elecciones. Y, a las pocas semanas, alguien que no las ganó decide quién gobierna. No es ilegal. Pero, seamos honestos, sabe a tomadura de pelo.

Esto es una tribuna de opinión, así que se lo digo sin anestesia: cuando el que gana no puede gobernar, la democracia se convierte en un mercado persa. Un bazar donde un puñado de diputados vale más que millones de votos. Donde manda el regateo. Y donde el ciudadano, que votó pensando en un proyecto, acaba pagando la factura de un pacto que nadie le presentó en campaña.

Lo que propuso Feijóo (y lo que no)

Vamos a los hechos, que son tozudos. Según informan La Voz de Galicia, la Cadena SER y El Español, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, ha propuesto una reforma electoral inspirada en el sistema griego: dar un «plus de escaños» al partido más votado. Su idea, en sus propios términos, es que «el partido que gane las elecciones tenga un plus de diputados» para «dar estabilidad al Estado». Y lo planteó como respuesta a lo que él llamó la «ingeniería fiscal» del Gobierno de Pedro Sánchez.

Aquí toca un aviso para navegantes, porque la honestidad manda: no hay reforma aprobada. Es una propuesta. Una idea sobre la mesa. Ni ley, ni trámite cerrado, ni votación pendiente. Quien le cuente que España ya premia al ganador le está vendiendo humo. Conviene decirlo claro, sin inflar nada.

Pero que sea solo una propuesta no la convierte en mala. Más bien al revés: pone el dedo en una llaga que llevamos demasiado tiempo fingiendo no ver.

El problema no es la idea: es el bloqueo

El verdadero debate no va de Grecia. Va de nosotros. Va de un país donde ganar unas elecciones se ha vuelto casi irrelevante, porque lo que de verdad cuenta es la calculadora del día después. ¿Quién suma? ¿Quién necesita a quién? ¿Qué se cobra cada socio por su «sí»?

Y ahí está el corazón del asunto: los pactos de supervivencia. Esos acuerdos que no nacen de un proyecto común, sino de la pura necesidad de aguantar en el sillón una semana más. Gobiernos que dependen de quien quiere debilitarlos. Mayorías que se cosen y se descosen según el humor de un puñado de diputados. El bloqueo elevado a forma de vida.

Llámenme antiguo, pero creo que una democracia sana es aquella en la que el voto del ciudadano pesa más que el chantaje de la minoría. Y hoy, demasiadas veces, pesa menos.

Premiar la gobernabilidad no es hacer trampa

Aquí llega la parte que pondrá nerviosos a algunos. Premiar la gobernabilidad no es romper la democracia: es protegerla. Las reglas electorales no caen del cielo ni son sagradas. Se diseñan. Y se pueden diseñar para favorecer la estabilidad en lugar de premiar la fragmentación y el regateo perpetuo.

Un sistema que dé un margen al más votado no anula a nadie. No silencia a la oposición. No borra al que pierde. Dice algo de puro sentido común: el que gana, que tenga al menos la oportunidad real de gobernar. Que rinda cuentas. Que cumpla o que se estrelle. Pero que gobierne quien recibió el respaldo de las urnas, y no quien mejor negocia en los despachos.

Se puede discutir el cómo. Faltaría más. El modelo griego no es la Biblia y conviene mirarlo con lupa. Pero negarse siquiera a debatir la idea, despacharla con un aspaviento, es defender el statu quo. Y el statu quo, hoy, se llama bloqueo.

Mientras tanto, la legislatura del parche

Y no es un debate abstracto. Mientras se discute si el ganador debería poder gobernar, el Gobierno hace exactamente lo contrario: sobrevivir a base de movimientos. Lo cuenta El País: el Ejecutivo multiplica sus gestos para dar contenido a la legislatura con Presupuestos, un decreto de vivienda y medidas «antiguerra».

Ojo, porque también aquí hay que ser rigurosos: que se anuncien iniciativas no significa que estén aprobadas. Son movimientos, intentos, titulares. La prueba misma de una legislatura frágil, que necesita generar ruido para aparentar rumbo. Mucho anuncio y poca mayoría sólida detrás. Justo el síntoma de la enfermedad que la propuesta de Feijóo intenta nombrar.

El que gana, que gobierne

No pido milagros. Pido coherencia. Una democracia no puede vivir eternamente secuestrada por aritméticas de supervivencia, porque cuando ganar deja de servir para gobernar, el voto se devalúa y la política se convierte en un bazar.

Feijóo ha puesto una idea sobre la mesa. No es ley, no engañemos a nadie. Pero ha tenido el valor de decir en voz alta lo que muchos piensan en voz baja: que esto no puede seguir así. Que el regateo no es estabilidad. Que el bloqueo no es virtud democrática, sino su caricatura.

Quien gane, que gobierne. Y quien pierda, que se prepare para volver a ganar. Lo demás —los pactos de supervivencia, el mercadeo eterno, la calculadora por encima de las urnas— no es pluralismo. Es, sencillamente, una democracia de saldo. Y nos merecemos algo mejor.